martes, 5 de abril de 2011

La calidad del misterio

De una columna de Fabio Morábito en Ñ:

El idioma materno de mi mujer es un idioma que yo no hablo; ella, en cambio, habla mi lengua materna. Nos comunicamos a través de un tercer idioma, que es el idioma del país en que vivimos. El que yo no hable ni entienda la lengua materna de mi mujer, al revés de ella, que habla la mía sin dificultad, me otorga una gran ventaja. Al estar expuesto en mi casa a un idioma extraño, que no entiendo ni quiero entender, la calidad de misterio de mi vida es superior a la suya. Cuando la oigo hablar en su idioma, bien sea con su hermana por teléfono o con algún compatriota que frecuenta, me doy cuenta de cuán poco la conozco, pues los sonidos de su lengua no tienen correspondencia exacta con los de ningún otro idioma que he oído. En especial la aspereza de ciertas consonantes aspiradas me perturban todavía después de treinta años de convivencia. Hay allí, en esos sonidos que parecen comprometer no sólo su garganta sino su estómago, un aspecto de mi mujer que escapa a mi comprensión, una cualidad de su sistema nervioso que me resulta ajena y hasta amenazante. Ella ha de experimentar lo mismo, pues me ha dicho que nunca se siente tan extranjera, tan sola e incomprendida como cuando usa su idioma materno dentro de nuestra casa, consciente de que ni yo ni mi hijo la entendemos, como si se tratara de una loca que desvaría. Así, después de que acaba de hablar por teléfono con su hermana, lo primero que hace, con la boca que todavía rezuma idioma materno, es ir a verme, temiendo quizá que su idioma haya creado un abismo entre nosotros, como esos terremotos cuya intensidad hace que el eje de la Tierra se desplace unos centímetros. Nos miramos con expresión interrogante, y entonces, a menudo, me ruega que aprenda su idioma, para no sentirse tan sola en nuestra casa. Pero yo le respondo que en esa soledad lingüística suya, y en el misterio que de ello se deriva, se cifra gran parte de su belleza y de mi amor por ella, y se retira resignada, como quien ha cerrado un trato desventajoso pero irrevocable.

2 comentarios:

  1. Qué buen texto. La extranjería en lo cotidiano por la mezcla de idiomas y el misterio de no saber o comprender del todo al otro porque no habla su misma lengua. Pero también está lo de una especie de idioma materno/femenino que también provoca una sensación de extranjería en el padre y en el hijo y desplaza el misterio hacia ella, en definitiva. Y es cierto hay un idioma materno que más que aprenderse se transmite. A mi eso me da pavor por eso la entiendo a la mujer que siente que desvaría.

    ResponderEliminar
  2. Interesante lo de Morábito, pero no hay que ir tan lejos...ningún hombre habla el lenguaje de la mujer ni viceversa. La diferencia estriba en que la mujer -en no pocos casos- intenta "comprender", traducir, explicar el lenguaje del hombre, en tanto el hombre se contenta con un superior alarde de ignorancia para justificar directamente que no quiere escuchar un lenguaje diferente del suyo. Pero bueno, me saco el sombrero ante la magnífica excusa de Morábito de que ahí en esa "soledad lingüística" encaja el misterio, belleza, amor, etc. La verdad, un capo.

    ResponderEliminar