sábado, 9 de junio de 2018

Falsa conciencia


por Arthur C. Danto

Es del dominio público que el parecido, incluso el parecido exacto entre pares de cosas, no convierte a una en imitación de la otra [...]. Las imitaciones se contrastan con la realidad, pero desde mi posición sería dudoso utilizar para el análisis de la imitación justo uno de los términos que trato de clarificar. Es evidente que la misma constatación «eso no es real» contribuye en gran medida —tal como señaló Aristóteles en una contundente contribución psicológica— al placer que las personas extraen de las representaciones imitativas. «La visión de ciertas cosas nos produce desagrado», escribe Aristóteles en la Poética, «pero disfrutamos con sus imitaciones más logradas, incluidas las formas de animales que nos desagradan sobremanera y hasta cadáveres».

El conocimiento de que se trata de una imitación o, lo que es lo mismo, la conciencia de que no es real, debe entonces presuponerse en dicho placer. De modo que el placer en cuestión tiene cierta dimensión cognitiva, no demasiado distinta a la que a menudo tienen los placeres más intensos. Parte del placer sexual está seguramente en la convicción de que se tiene con la pareja adecuada, o al menos con el tipo de pareja adecuada, y no está claro que el placer sobreviviera al reconocimiento de que dicha convicción que se tuvo por cierta era falsa. De modo similar, creo que hay convicciones implícitas en el placer que se deriva de comer ciertas cosas, por ejemplo que sean el tipo de cosa que uno cree estar comiendo: la carne puede convertirse en cenizas en la boca cuando uno descubre que su creencia era falsa, por ejemplo, comer cerdo para un judío ortodoxo, vaca para un hindú practicante o carne humana para la mayoría de la gente (por muy bueno que sea el sabor). No hace falta que seamos capaces de notar la diferencia para que haya una diferencia, ya que el placer de comer es más complejo, al menos en los seres humanos, que el mero placer del gusto, tal como Nelson Goodman ha señalado en un caso análogo: el conocimiento de que algo es diferente puede, al fin y al cabo, hacer diferente el modo en que algo sabe. O en el caso contrario, la diferencia entre dos cosas puede que no afecte tanto a las creencias más fundamentales como para interferir en el placer de uno.

Está claro que la vaca no es una imitación del cerdo, ni los hombres imitación de las mujeres, llevándolo al terreno de un caso sexual en el que alguien esté convencido de tener relaciones con un tipo de pareja que resulta no ser lo que uno pensaba (y en estos casos lo único que pasa es que nuestras creencias son falsas, al tomar una cosa por otra). No estoy seguro de que lo que separa a la imitación de lo real sea comparable a lo que distingue a los hombres de las mujeres o a la carne de vaca de la de cerdo, en parte porque no tengo muy claro cuál es el tipo de diferencia que nos dice qué es la realidad propiamente dicha. Pero es curioso que la fuente del placer, en el caso de las imitaciones, deba entenderse como lo contrario de lo real (lo que quiera que esto signifique), y que, en consecuencia, el concepto de lo real se presuponga asumido por cualquiera que obtenga placer de las imitaciones. Es posible que los niños sientan menos placer por la imitación que los adultos, dado que no tienen tan desarrollado el sentido de la realidad —o adquirido el concepto de realidad— y aunque las imitaciones de hecho les produzcan placer, no será por su condición de imitaciones, en el sentido que apuntaba Aristóteles. Se puede proporcionar un placer considerable a una persona crédula imitando a un hijo que hace mucho tiempo que no ve, haciéndose pasar por él, pero el placer de la persona no sobreviviría al descubrimiento de que se trata de un hijo de imitación; y del mismo modo, el placer del padre sería justo lo opuesto al descrito por Aristóteles, en el que hay que saber que es una imitación donde dicha cualidad de imitación es una parte de la explicación del placer que proporciona. Así una persona podría sentir gran placer en lo que piensa que es una imitación de su hijo, el cual se transformaría en un placer profundamente distinto con el descubrimiento («reconocimiento» lo llamaba Aristóteles) de que lo que había tenido por una imitación resultaba ser su hijo real. Los placeres producidos por la imitación serían, según todo eso, del mismo orden que aquel que generan las fantasías, en las cuales está claro que lo que se disfruta es una fantasía y nadie se engaña confundiéndola con una cosa real. Los que fantasean a veces son acosados por la culpa si creen que sus fantasías son morbosas o sádicas y que, por lo tanto, ellos mismos lo son: en ese caso —puesto que la mayoría de ellos se horrorizarían ante sus correspondientes realidades— sucedería algo parecido a lo que, según Aristóteles, sucede con los animales que más nos desagradan, cuya imagen nos gusta más cuanto más lograda es. No se produce la inferencia de que «en el fondo» nos gustan esos animales. Parte del placer se debe seguramente a la conciencia de que no está sucediendo de verdad, y no a que aprendamos de la imitación, como llega a decir Aristóteles, que pretende dar una explicación pero desvía la cuestión.

Este tipo de placer, entonces, sólo es accesible a quienes tienen un concepto de la realidad que contrasta con la fantasía —o la imitación— y se dan perfecta cuenta de que tratar de realizar nuestras fantasías sería otra clase de placer bien distinto. Si no hay diferencias en los placeres, el primero no puede explicarse como un placer que deriva de las fantasías, puesto que la diferencia entre fantasía y hecho no es relevante en el plano hedonista: es una fantasía lo que causa el placer, pero no por ser una fantasía. Por eso tanto el conocimiento sobre la explicación del placer como la identidad de la fuente de placer, deben ser más bien presupuestos. Y ninguno de éstos es accesible si el concepto de la diferencia entre realidad y fantasía —o imitación— aún no se ha formado (como en los niños) o es inoperante (como en el caso de los locos), de acuerdo con la opinión de Platón cuando afirma que el loco vive en realidad los placeres que la mayoría sólo soñamos. Como se ve, nos hallamos ante un nuevo tipo de falsa conciencia, distinta de aquella de antes, en la que se estaba convencido de comer carne de vaca cuando era de cerdo; pero aprender la diferencia entre apariencia y realidad parece ser algo de un orden diferente y, en cierto modo, más filosófico que aprender la diferencia entre cerdo y vaca, o entre hombre y mujer; por eso deberíamos hacer un esfuerzo para clarificarlo, aunque fuera provisionalmente, tanto más porque parece mostrar la diferencia entre una obra de arte y una cosa real. En cualquier caso, el amante del arte no es como el cavernícola de Platón, que es incapaz de marcar la diferencia entre realidad y apariencia: el placer del amante del arte está basado precisamente en una diferencia que debe ser capaz de marcar lógicamente.

(de La transfiguración del lugar común. Una filosofía del arte
                                                                                       Paidós, Barcelona, 2002)


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