martes, 26 de mayo de 2015

Por qué nos gusta Chéjov

por Richard Ford

Hasta que comencé el largo y feliz viaje de leer todos los cuentos de Anton Chéjov con el fin de seleccionar los veinte incluidos en este volumen, había leído muy poco de este autor. Parece algo terrible de admitir para un escritor de relatos, y doblemente terrible tratándose de alguien como yo, cuyas propias narraciones se han visto tan profundamente influidas por Chéjov a través de otros escritores en quienes el ruso había ejercido su influencia directa, como Sherwood Anderson, Isaac Bábel, Hemingway, Cheever, Welty y Carver.


Al igual que les ha ocurrido a muchos lectores americanos que se encontraron por primera vez con Chéjov en la universidad, mi experiencia con sus cuentos fue repentina, breve y demasiado prematura. Cuando lo leí, a los veinte años, no tenía idea de su prestigio e importancia ni de por qué debía leerlo, una de esas lagunas culturales que una educación humanista trata de colmar. Pero, dado el escaso interés que prestaba entonces a los demás, no recuerdo que nadie me dijera nada sobre Chéjov aparte de que era un gran escritor y que era ruso.

Pese a su superficial sencillez y a su aparente accesibilidad y claridad, los cuentos de Chéjov —en particular los mejores— no son tan fáciles para un joven corriente. Al contrario, a mí Chéjov me parece un escritor para adultos, cuya obra es útil y también bella porque orienta la atención a los sentimientos maduros, las complejas reacciones humanas y los pequeños problemas de elección moral en el seno de dilemas mayores, dominantes, cualquiera de cuyos elementos, en caso de que se presentaran en nuestra complicada e impulsiva vida social, escaparían incluso a una observación sutil. El deseo de Chéjov es complicar y poner a prueba nuestra visión de personajes que erróneamente creeríamos capaces de comprender a simple vista. Además, casi siempre nos aborda con una gran dosis de seriedad centrada en algo que intenta hacer irreducible y accesible, y mediante esta concentración insiste en que nos tomemos la vida en serio. Esta indicación, por supuesto, no es siempre fácil de seguir cuando se es joven.

Mi propia experiencia universitaria consistió en leer el gran cuento antológico “La dama del perrito” (publicado en 1899) y quedar fundamentalmente perplejo, aunque su sinceridad y autoridad me infundían un gran respeto por algo que sólo podría describir como la luz gris de un sentimiento profundo que emanaba de la austeridad interna del cuento.

“La dama del perrito” versa sobre el fortuito encuentro amoroso entre dos personas casadas. Los amantes son un aburrido hombre de negocios de mediana edad, originario de Moscú, y una joven ociosa y recién casada de veintitantos años; ambos están en el balneario de Yalta, en el Mar Negro, tomándose unas vacaciones de sus respectivos matrimonios. Se embarcan en un breve y ardiente romance que no parece —al menos al personaje principal del relato, Dmitri Gúrov, el hombre de negocios moscovita— demasiado distinto de otros romances de su vida. Y después de una corta e intensa temporada juntos sus vacaciones, como era predecible, se acaban. La joven, Ana Serguéyevna, vuelve a casa junto a su marido en San Petersburgo, mientras que Gúrov, sin planes específicos con respecto a Ana, regresa al lado de su mujer, fríamente intelectual, y a las tediosas relaciones profesionales de Moscú.

Pero las consecuencias de su aventura y de Ana (la dama del perrito, un pomerano) pronto comienzan a perturbar y envenenar la vida cotidiana de Gúrov, atormentado por el deseo, así que finalmente inventa un pretexto, deja su casa y viaja a S., donde se reúne (más o menos) con la añorante Ana, con la que se ve en un entreacto de una pieza teatral con el expresivo título de La geisha. Durante las semanas siguientes a este apasionado encuentro de los amantes, Ana instaura el hábito de visitar a Gúrov en Moscú, donde, como observa el narrador omnisciente, se “querían como dos seres muy próximos, muy unidos, como marido y mujer, como amigos entrañables; les parecía que era el mismo destino el que los había hecho el uno para el otro, y les resultaba incomprensible por qué él estaba casado y estaba casada ella. Eran igual que dos aves de paso, una pareja a la que habían capturado y obligado a vivir en jaulas separadas”.

Al poco tiempo, su unión, aunque apasionada, comienza a parecerles condenada a ser furtiva e intermitente. Y en su habitación de amantes secretos en el Bazar Eslavo Ana llora amargamente por el dilema en que se halla, mientras Gúrov, de manera ligeramente imperiosa, se esfuerza por consolarla. El relato termina con una conclusión del narrador que tiene algo de sabia impasibilidad: “… y parecía que un poco más y encontrarían la solución, y empezaría entonces una vida nueva, maravillosa, y para ambos estaba claro que hasta el final quedaba mucho, mucho, y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar”.

Lo que yo no entendía en 1964, a mis veinte años, era qué convertía a este insípido conjunto de fiascos en un gran cuento, con fama de ser el mejor que jamás se había escrito. Sabía que era una historia sobre la pasión, y esa pasión era un tema capital; y sabía que aunque Chéjov no lo describiera, había en ella sexo, y nada menos que sexo adúltero. También podía apreciar que el efecto de la pasión se presentaba como pérdida, soledad e indeterminación, y que la institución del matrimonio quedaba muy vapuleada. Eran cuestiones importantes, por supuesto.

Pero me parecía que al final del cuento, cuando Gúrov y Ana se encuentran en el hotel, fuera de las miradas de sus respectivos cónyuges, sucedía muy poco, o al menos muy poco que yo fuera capaz de detectar. Hacen el amor (aunque fuera de escena); Ana llora; Gúrov dice, alterado: “Basta ya, querida mía, has llorado y ya basta… A ver, hablemos. Algo se nos ocurrirá.” Y ahí se acaba el cuento, Gúrov y Ana yendo quién sabe adónde, y yo pensaba que probablemente no había ningún lugar verdaderamente interesante como para acompañarlos. Y no los acompañamos.

Allá por 1964, yo no me animaba a decir “Esto no me gusta”, porque no era en verdad que “La dama del perrito” no me gustara. Simplemente no percibía qué había en el cuento que pudiera gustar tanto. En clase se había hablado mucho de su párrafo inicial, que contiene la presentación, famosa por su brevedad y complejidad, al tiempo que directa, de información significativa, problemas y estrategias narrativas que el cuento desarrollará a continuación. Por esta razón —economía— ese párrafo introductorio se consideraba bueno. También se decía que el final era admirable porque no era particularmente dramático y porque no era concluyente. Pero si, más allá de eso, hubo alguien que dijera algo más específico acerca de lo que hacía grandioso el cuento, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo claramente es que pensaba que la historia superaba mi comprensión, y que Gúrov y Ana eran adultos (léase enigmáticos, impenetrables) de un modo que me resultaba ajeno, y que lo que hacían y se decían debían de ser expresiones de verdades jamás oídas hasta entonces en torno al amor y a la pasión, pero que yo no era un lector lo suficientemente bueno o carecía de la madurez humana necesaria para reconocerlos. Estoy seguro de que terminé por proclamar que el cuento me gustaba, pero sólo porque pensaba que así debía ser. Y no mucho después comencé a sostener que Chéjov era un autor de cuentos de importancia casi mística —y, sin duda, misteriosa—, un autor que parecía contar historias más bien comunes, pero que en realidad estaba desentrañando la más sutil y, por tanto, la menos obvia de las verdades. (Por supuesto, cuando la superficie de lo que se tiene por gran literatura —y de la vida— parece chata y uniforme, sigue siendo un hábito de investigación útil el preguntarse si una observación más detenida revelaría algo importante y entender que el lugar donde situar ese algo no es siempre el final de un relato.)


En 1998, diría que lo bueno de “La dama del perrito” (y tal vez el lector debería hacer aquí una pausa, leer el cuento para luego regresar y comparar observaciones) y la razón por la que me gusta es que ante todo concentra la atención narrativa no en los puntos conflictivos convencionales —el sexo, el engaño y lo que ocurre al final—, sino en que, por su precisión, ritmo y decisiones acerca de qué narrar, dirige nuestro interés a aquellos terrenos menos brillantes de una aventura amorosa, en los que nosotros, por ser almas convencionales, tal vez dejaríamos pasar inadvertido algo importante. Mediante la escrupulosidad de su observación y la minuciosidad de sus detalles, “La dama del perrito” demuestra que las acciones corrientes contienen momentos de importante elección moral —actos humanos voluntarios susceptibles de ser considerados buenos o malos— y que como tales tienen en la vida consecuencias a las que hemos de prestar atención y que tal vez no supusiéramos antes de leer el cuento. Me refiero específicamente a los sentimientos más bien prosaicos de Gúrov que lo “atormentan” en su casa de Moscú, seguidos de su decisión de visitar a Ana; la razonable indiferencia de su mujer con respecto a su sufrimiento, la repetición de las citas, la relativa brevedad de la satisfacción del deseo y la necesidad de autoengaño para mantener encendida una pequeña pasión. Son cuestiones que el cuento no quiere que pasemos por alto, sino que reconozcamos su importancia y les prestemos la atención que merecen.

Desde el punto de vista puramente literario, también me interesa y me agrada la elección de Chéjov de estos personajes y esta relación en apariencia nada espectacular, para reivindicar su importancia y tratarlos con inteligencia, humor y cierta compasión. Y por encima de todo esto se halla el tratamiento quirúrgico del sagaz narrador de Chéjov como inventor y mediador de la insulsa pero todavía provocativa vida interior de Gúrov con las mujeres: “Le parecía”, dice el narrador en referencia al imperturbable Dmitri, “que su dilatada y amarga experiencia le daba derecho a llamarlas [a la mujeres, por supuesto] como se le ocurriera, y no obstante sin aquella ‘raza inferior’ no habría podido vivir ni dos días. En compañía de los hombres se aburría, se encontraba raro, se mantenía taciturno y frío, pero, cuando se hallaba entre mujeres, se sentía libre…”

Finalmente, lo bueno de “La dama del perrito” parece ser el Chéjov ironista exigente y divertido que encuentra el lenguaje adecuadamente exaltado para acompañar los amores menos exaltados posibles del formal Gúrov y la dócil Ana, y al hacerlo saca a la luz la mundana trivialidad de su amor. En lo alto de una colina desde la que se domina Yalta y el mar, los amantes están sentados en silencio mientras el narrador reflexiona maliciosamente sobre el paisaje:

Las hojas no se movían en los árboles, chirriaban las cigarras, y el monótono y sordo rumor del mar, que llegaba desde abajo, les hablaba de paz, del sueño eterno que nos espera.

Así sonaba el mar allí abajo cuando aún no estaban aquí ni Yalta ni Oreanda, así se seguía ahora el rumor y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos. Y en esta inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento de la vida en la tierra, del constante perfeccionamiento.

Con los años, llegué a valorar muy positivamente “La dama del perrito” no sólo como el cuento a través de cuyas sutilezas comencé a saber cómo y por qué apreciar a Chéjov, sino también porque gracias a su ejemplar plenitud llegué a tener la experiencia de la literatura que F. R. Leavis describe en su famoso ensayo sobre Lawrence, es decir, la del medio supremo por el cual “operamos una renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva toma de conciencia”. La representación que hace Chéjov de esta aventura amorosa en tono menor a cargo de seres respetables e insignificantes, más que renovar, contribuyó a dar forma a mi conciencia de lo que podía entrañar la expresión “vida emocional”, así como de las cosas importantes que podía ocultar y excluir.

(Fragmento del prólogo a 
Cuentos imprescindibles, de Anton Chéjov,
Lumen, 2001, e incluido en
Flores en las grietas, de Richard Ford,
Anagrama, 2013)

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