viernes, 29 de mayo de 2015

Sentir la música

por David Byrne

En un estudio de la UCLA, los neurólogos Istvan Molnar-Szakacs y Katie Overy examinaron encefalogramas para ver qué neuronas se activaban en personas y monos que observaban a otras personas y a otros monos realizar acciones específicas o experimentar emociones específicas. Determinaron que un conjunto de neuronas en el observador “refleja” lo que ve en el observado. Si miras a un atleta, por ejemplo, las neuronas asociadas a los mismos músculos que el atleta está usando se activan. Nuestros músculos no se mueven, y, desafortunadamente, de ver cómo otra gente se esfuerza físicamente no resulta ejercicio efectivo alguno ni beneficio para la salud, pero las neuronas se comportan como si imitáramos al observado. Este efecto reflejo funciona también para las señales emocionales. Cuando vemos a alguien frunciendo el ceño o sonriendo, las neuronas asociadas a esos músculos faciales se activan, pero —y esta es la parte significativa— las neuronas emocionales asociadas a esos sentimientos se disparan también. Los indicios visuales y auditivos activan neuronas empáticas. Cursi pero cierto: si sonríes harás feliz a otra gente. Sentimos lo que la otra persona siente, quizá no tan fuerte o profundamente, pero la empatía parece estar incorporada en nuestro sistema neuronal. Se ha dicho que esa representación compartida (así es como la llaman los neurocientíficos) es esencial en cualquier tipo de comunicación. La capacidad de experimentar una representación compartida es nuestra manera de saber qué quiere transmitir otra persona, de qué está hablando. Sin este medio de compartir referencias comunes, los seres humanos no podríamos comunicarnos.

Es casi estúpidamente obvio: por supuesto que sentimos lo que otras personas sienten, por lo menos hasta cierto punto. Si no fuese así, ¿por qué lloraríamos con una película o sonreiríamos al oír una canción de amor? La frontera entre lo que tú y yo sentimos es porosa. Que somos animales sociales está profundamente arraigado en nosotros y es lo que nos hace ser lo que somos. Nos consideramos individuos, pero hasta cierto punto no lo somos; nuestras células están vinculadas al grupo por esas reacciones empáticas que hemos desarrollado hacia otros. Es un reflejo no solo emocional, sino social y físico también. Cuando alguien resulta herido “sentimos” su dolor, aunque no nos retorcemos de agonía. Y cuando un cantante echa la cabeza hacia atrás y entra en trance, entendemos eso también. Tenemos una imagen interna de lo que siente cuando su cuerpo adopta esa postura.

También personificamos sonidos abstractos. Podemos interpretar emociones cuando oímos los pasos de alguien. Los sentimientos sencillos —tristeza, alegría o enfado— son fácilmente detectables. Unas pisadas pueden parecer un ejemplo obvio, pero muestran que conectamos todo tipo de sonidos a nuestras suposiciones sobre qué emoción, sentimiento o sensación generó ese sonido.

El estudio de la UCLA proponía que la apreciación y el sentimiento de la música son profundamente dependientes de las neuronas espejo. Cuando miras, o simplemente escuchas, a alguien tocando un instrumento, las neuronas asociadas con los músculos requeridos para tocar ese instrumento se activan. Al escuchar un piano, “sentimos” esos movimientos de manos y brazos, y tal como cualquier practicante de la air guitar les dirá, cuando oyes o ves un solo apasionado, lo estás “tocando” tú también. ¿Tienes que saber tocar el piano para poder reflejarte en un pianista? El doctor Edward W. Large de la Florida Atlantic University hizo electroencefalogramas a gente con o sin experiencia musical mientras escuchaban a Chopin. Tal como se pueden imaginar, el sistema neuronal reflejo se activó en los músicos examinados, pero, sorprendentemente, se activó en los no músicos también. El grupo de la UCLA sostiene que todos nuestros medios de comunicación —auditivos, musicales, lingüísticos, visuales— tienen actividades motoras y musicales en su raíz. Leyendo e intuyendo esas actividades motoras conectamos con las emociones subyacentes. Nuestro estado físico y nuestro estado emocional son inseparables: al percibir uno, el observador puede deducir el otro.

La gente baila con la música, y los reflejos neuronales podrían explicar por qué oír música rítmica nos incita a movernos, y a movernos de maneras muy concretas. La música, más que muchas de las artes, activa una multitud de neuronas. Múltiples regiones del cerebro se disparan al oír música: musculares, auditivas, visuales, lingüísticas. Por esto algunas personas que han perdido completamente su capacidad de lenguaje pueden aún articular un texto cantándolo. Oliver Sacks escribió acerca de un hombre con una lesión cerebral que descubrió que para llevar a cabo sus rutinas cotidianas podía arreglárselas cantando, y solo así era capaz de completar tareas sencillas como vestirse. Melodic Intonation Therapy es el nombre de un conjunto de técnicas terapéuticas basadas en ese descubrimiento.

Además, las neuronas reflejo son adivinatorias. Cuando observamos una acción, una postura, un gesto o una expresión facial, nos hacemos una idea precisa, basada en nuestra experiencia pasada, de lo que va a suceder a continuación. Algunos aquejados del síndrome de Asperger quizá no puedan intuir tan bien como otros todos esos significados, pero estoy seguro de que no soy el único que ha sido acusado de no captar lo que para otros son pistas o señales obvias. Pero la mayoría de la gente capta por lo menos un gran porcentaje de ellas. Quizá nuestro innato amor por la narración tiene cierta base adivinatoria neuronal; hemos desarrollado la capacidad de intuir hacia dónde se dirige una historia. Lo mismo con una melodía. Percibimos las subidas y bajadas emocionalmente relevantes de una melodía, las repeticiones, los crescendos, y nos hacemos expectativas, basadas en la experiencia, de adónde llevan esas acciones; expectativas que serán confirmadas o ligeramente redirigidas dependiendo del compositor o del intérprete. Tal como señala el investigador de la ciencia cognitiva Daniel Levitin, un exceso de confirmación —cuando algo ocurre exactamente como la vez anterior— hace que nos aburramos y desconectemos. Las pequeñas variaciones nos mantienen alerta, y sirven también para atraer la atención en momentos musicales cruciales en la narración.

Esas conexiones emocionales ayudarían a explicar por qué la música tiene tan profundo efecto en nuestro bienestar psicológico. Podemos usar la música (o, para mejor o peor, otros pueden usarla) para regular nuestras emociones. Podemos estimularnos (o estimular a otros), o calmar a otros (o a nosotros mismos). Podemos usar la música para integrarnos en un equipo, para actuar en concordia con un grupo. La música es un cohesionador social: une familias, naciones, culturas y comunidades, pero puede separarlas también. Por mucho que la música parezca a veces una fuerza positiva, puede ser utilizada también para inflamar el orgullo patrio o avivar el belicismo. Es aplicable a comunidades y naciones, pero es también un telégrafo cósmico que nos conecta a un mundo más allá de nosotros mismos, a un invisible ámbito de espíritus, de dioses, e incluso al mundo de los muertos. Nos puede beneficiar físicamente o hacernos un daño terrible. Tiene tantos y tan diferentes efectos en nosotros que uno no puede simplemente decir “Me gusta todo tipo de música”. ¿De verdad? ¡Hay formas de música diametralmente opuestas unas a otras! No pueden gustarte todas. No siempre, por lo menos.


(Fragmento de Cómo funciona la música
Random House, Barcelona, 2014
Trad. Marc Viaplana)

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