sábado, 1 de agosto de 2015

Tecnoporno

por J. G. Ballard

El matrimonio entre la razón y la pesadilla que ha dominado el siglo XX ha dado a luz a un mundo cada vez más ambiguo. A través del paisaje de las comunicaciones se mueven los espectros de tecnologías siniestras y los sueños que el dinero puede comprar. Sistemas de armas termonucleares y comerciales de bebidas suaves coexisten en un universo sobreiluminado regido por la publicidad y los pseudo-eventos, la ciencia y la pornografía. Sobre nuestras vidas presiden los grandes motivos gemelos del siglo XX: sexo y paranoia.

De manera creciente, nuestros conceptos del pasado, presente y del futuro son forzados a revisarse a sí mismos. Tal como el pasado, en términos sociales y psicológicos, se convirtió en víctima de Hiroshima y la era nuclear, así también el futuro cesa de existir, devorado por el voraz presente. Hemos anexado el futuro al presente, meramente como una de esas varias alternativas abiertas a nosotros. Las opciones se multiplican a nuestro alrededor, y vivimos en un mundo casi infantil, donde cualquier demanda, cualquier posibilidad, sea de estilos de vida, de viajes, roles sexuales e identidades, pueden ser satisfechas instantáneamente.

Además, siento que el equilibrio entre la ficción y la realidad ha cambiado significativamente en las décadas pasadas. Cada vez más sus roles se han invertido. Vivimos en un mundo dominado por ficciones de cada especie: mercadeo masivo, publicidad, la política conducida como una rama de la publicidad, la apropiación de cualquier respuesta original a la experiencia por parte de la pantalla de televisión. Vivimos dentro de una enorme novela. Cada vez es menos y menos ncesario para el escritor inventar el contenido ficticio de su novela. La ficción ya está allí. La tarea del escritor es inventar la realidad.

En el pasado, siempre hemos supuesto que el mundo externo a nuestro alrededor ha representado la realidad, así fuese confusa o incierta, y que el mundo interior de nuestras mentes, sus sueños, esperanzas, ambiciones, representaban el reino de la fantasía y de la imaginación. Estos roles, me parece, han sido invertidos. El método más prudente y efectivo de enfrentar el mundo a nuestro alrededor es suponer que es una completa ficción; asimismo, el pequeño nodo de realidad que nos queda está dentro de nuestras propias cabezas. La distinción clásica de Freud entre contenido latente y contenido manifiesto del sueño, entre lo aparente y lo real, ahora necesita ser aplicado al mundo externo de la así llamada realidad.

Dadas estas transformaciones, ¿cuál es la principal tarea que encara el escritor? ¿Puede él, todavía, hacer uso de las técnicas y perspectivas de la novela tradicional del siglo XIX, con su narrativa lineal, su cronología medida, sus personajes consulares que habitan a lo grande sus dominios dentro de un tiempo y espacio amplios? ¿Es su tema y objeto las fuentes del personaje y la personalidad hundidas profundamente en el pasado, la tranquila inspección de las raíces, el examen de los más sutiles matices del comportamiento social y las relaciones personales? ¿Aún tiene el escritor la autoridad moral para inventar un mundo autosuficiente y autocontenido, para presidir sobre sus personajes como un examinador, conociendo todas las cuestiones con anterioridad? ¿Puede dejar fuera cualquier cosa que prefieron no entender, incluyendo sus propios motivos, prejuicios y psicopatología? Por mí, siento que el papel del escritor, su autoridad y su licencia para actuar, ha cambiado radicalmente. Siento que, en un sentido, el escritor ya no sabe nada. No tiene postura moral. Ofrece al lector los contenidos de su propia cabeza, un conjunto de opciones y alternativas imaginativas. Su papel es el del científico, sea en un safari o en su laboratorio, frente a un terreno o asunto desconocido. Todo lo que puede hacer es figurarse varias hipótesis y probarlas contra los hechos.

Crash es un libro así, una metáfora extrema para una situación extrema, un botiquín de medidas desesperadas para usar solamente en una crisis extrema. Crash, por supuesto, no se preocupa por un desastre imaginario, aunque sea inminente, sino por un cataclismo pandémico que mata a cientos de miles de personas cada año y hiere a millones. ¿Vemos, en el choque de los autos, un portento siniestro de un matrimonio de pesadilla entre el sexo y la tecnología? ¿La tecnología moderna nos proveerá de medios hasta la fecha no soñados para intervenir en nuestras propias psicopatologías? ¿Es esta forma de utilizar nuestra perversidad innata de algún beneficio concebible para nosotros? ¿Se despliega alguna lógica desviada más poderosa que la que nos provee la razón?

A lo largo de Crash he utilizado el automóvil no sólo como una imagen sexual, sino como una metáfora total de la vida del hombre en la sociedad contemporánea. Como tal, la novela tiene un rol político bastante alejado de su contenido sexual, pero todavía me gustaría pensar que Crash es la primera novela pornográfica basada en la tecnología. En un sentido, la pornografía es la forma más política de ficción, pues trata de cómo nos usamos y explotamos unos a los otros, de la manera más urgente y despiadada.

Es innecesario decir que el papel ulterior de Crash es aleccionador, una advertencia contra el universo brutal, erótico y sobreiluminado que nos convoca más y más persuasivamente desde los márgenes del paisaje tecnológico. 

Introducción de 1995 a la reedición de Crash (1973)

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